¿Y dónde queda Haití?, por Luis Miguel Castillo, "Lupo". Haití es un país de Las Antillas, situado en la parte occidental de la isla La Española y que limita al norte con el océano Atlántico, al sur y oeste con el mar Caribe o de Las Antillas, y al este con la República Dominicana. La superficie total de Haití se extiende en 27750 Km, albergando una población de 10 millones de habitantes. Su capital y ciudad principal es Puerto Príncipe. Esto dice Wikipedia sobre Haití. Y es importante saberlo y comunicarlo, porque Haití es un país olvidado por las sociedades de todo el mundo. El día del terremoto que lo devastó la mayoría de la población del mundo hubo de acudir a atlas, mapas, para situar el pequeño país desolado. Y no es que debamos conocer al dedillo la geografía mundial, o sí, lo que ocurre es que esa ignorancia, o esa desmemoria colectiva, ese abandono internacional condena desde la cuna a quienes allí soportan la mayor de las miserias. Ese es otro dato que nos sorprendió el 12 de Enero: Haití, el país más pobre de América, que es mucho decir. Su economía generó en 2009 un PIB de 6908 millones de dólares, doscientas veces menor que el del Estado Español , y una renta per cápita de 772 dólares ( Estado Español 30000 dólares, Venezuela 12700 dólares, Rep. Dominicana 8500 dólares) La ONU estima que el 80 % de la población vive bajo el umbral de pobreza. Haití, región deforestada y esquilmada desde hace décadas, blanco de agresiones militares y políticas, es el vivo ejemplo de la desigualdad humana y económica del planeta. Ahora un terremoto. Un seísmo de grado 7 que deja al descubierto las deficiencias sanitarias, organizativas y de abastecimiento que por lógica padece un país de estas características. Entonces, 200.000 muertos en las calles de Puerto Príncipe. Los muertos, muertos son, y nada puede hacerse ya por ellos más que darles una digna sepultura. Quienes importan ahora son los vivos, los supervivientes, que cargarán en sus hombros la dura labor del Ave Fénix que debe renacer de la miseria y del infortunio, y rehacer un país, partiendo casi desde cero. Y es seguro que las consecuencias de este seísmo hubieran sido nefastas en cualquier lugar del planeta, pero está claro que el temblor es mayor cuanto más débiles son los cimientos. Cimientos que la polarización de la riqueza global y la injusticia social han ido desguarneciendo a lo largo de los años. Haití debe resucitar, rehacerse a sí misma sin injerencias del extranjero, sin ejércitos de ocupación, sin hipotecar su futuro con pactos de ayuda internacional, pues si algo nos ha enseñado la historia es que los países del primer mundo no dan nada sin recibir algo a cambio. Haití necesita médicos, enfermeros, albañiles, fontaneros. Los necesita ahora y los necesitará en el futuro, cuando levanten sus ciudades, y en adelante también. Por eso Haití, los haitianos, necesitan formación, igualdad, justicia social dentro y fuera de sus fronteras, necesitan aferrarse a algo para empezar acrecer. Y es aquí donde los ciudadanos del mundo superdesarrollado debemos jugar nuestro papel, y se debe ser consciente de que tenemos que ser los ciudadanos y no los gobiernos de los países, de quienes poco cabe esperar, los que tomemos las riendas del auxilio a los haitianos. La gran fuerza transformadora que nace de la unión de las pequeñas fuerzas individuales va a invertir el rumbo desafortunado de Haití, hemos de creerlo. Nos lo creemos. Acciones como las que se están llevando a cabo en multitud de ciudades del mundo, donde espontáneamente se suman esfuerzo y dinero, demuestran que en el siglo XXI, quién nos lo iba a decir, aún hay un atisbo de esperanza que se sustenta en algo que parece solidaridad, justicia, humanidad, conceptos que creíamos anacrónicos. Cualquier ayuda, por escasa que parezca, va haciendo montañita, y euro a euro, vamos impulsando las vitales acciones que los colectivos y organizaciones están llevando a cabo en la zona arrasada. Si a causa de estos eventos desinteresados, se consigue reconstruir un quirófano, levantar una escuela, las paredes de una fábrica, recomponer una vida, ya todo habrá valido la pena. Haití espera estos gestos, igual que los esperan otros muchos lugares del mundo. Haití necesita un empujón para encauzar su destino. Los haitianos piden justicia, que ya les toca. Luis Miguel Castillo, "Lupo".
|